domingo, 9 de noviembre de 2014

Si no existieras, habría que inventarte.


Querer nunca fue sinónimo de poder,
ni mucho menos de poseer,
pero créeme que mis letras son la excepción que confirma la regla
cuando digo que te quiero,
 que me puedes,
 que soy mucho más suya
que de cualquiera que haya pasado la noche conmigo.
No hay mejor compañía que dormirse en sueños contigo,
que sin estar en el lado derecho de la cama
inundas de calor el costado izquierdo de mi pecho,
y créeme, que ese sitio no es para cualquiera.
Porque una relación sin magia
es una cárcel sin ventanas
y tú, amor mío,
eres una casa de cristal con vistas al mar
en el que aprendimos a no ahogarnos,
y ahora,
sólo nos falta el aliento cuando nos perdemos
entre sábanas de espuma blanca.
Hecho de carne y beso,
 entre tus piernas el pecado capital
y entre las mías la gran manzana,
juntos podríamos ser Nueva York,
elevarnos más altos que los rascacielos
en los poemas de Lorca.
Hazme caso cariño,
cuando te digo que el miedo es como la ropa
 y tú estás mejor desnudo.


Que jodidamente bonito es ser
ese abrazo que nos damos sin rozarnos
esa persona a la que besar cualquier día de mierda por la noche
y sentir que ya es mañana
que ayer sólo eras tú y hoy somos nosotros
y mañana seguiremos siéndolo aunque no te vea.
Aunque no esté.
Aunque no estés.
Aunque no te haya conocido,
                                                    y lo siga haciendo todos los días.


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